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nydus/David CopperfieldPublic
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VIII. Mis vacaciones

molestias conmigo; y debo estarle muy agradecida, y ser muy sumisa con él aun en mis pensamientos; y cuando no lo soy, Peggotty, me atormento y me condeno, y dudo de mi propio corazón, y no sé qué hacer.

Peggotty estaba sentada con la barbilla apoyada en el pie de la media, mirando en silencio hacia el fuego.

—Vamos, Peggotty —dijo mi madre, cambiando de tono—, no nos peleemos, porque no lo soportaría. Sé que eres mi verdadera amiga, si es que tengo alguna en el mundo. Cuando te llamo criatura ridícula, o cosa molesta, o cualquier cosa por el estilo, Peggotty, solo quiero decir que eres mi verdadera amiga, y siempre lo has sido, desde la noche en que el señor Copperfield me trajo por primera vez a casa y saliste a la verja a recibirme.

Peggotty no tardó en responder, y ratificó el tratado de amistad dándome uno de sus mejores abrazos.

Creo que en aquel momento tuve algunas intuiciones sobre el verdadero carácter de esta conversación; pero estoy seguro, ahora, de que la buena criatura la promovió, y participó en ella, meramente para que mi madre pudiera consolarse con el pequeño resumen contradictorio en el que se había complacido.

El plan fue eficaz; pues recuerdo que mi madre pareció más tranquila durante el resto de la noche, y que Peggotty la observó menos.

Cuando hubimos tomado el té, removido las cenizas y despabilado las velas, leí a Peggotty un capítulo del Libro del Cocodrilo, en recuerdo de los viejos tiempos —lo sacó del bolsillo: no sé si lo había guardado allí desde entonces— y luego hablamos de Salem House, lo que volvió a conducirme a Steerforth, que era mi gran tema. Éramos muy felices; y aquella noche, por ser la última de su estirpe y estar destinada para siempre jamás a cerrar ese volumen de mi vida, no se

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