borrará jamás de mi memoria.
Eran casi las diez cuando oímos el ruido de unas ruedas.
Nos levantamos todos entonces; y mi madre dijo apresuradamente que, como era tan tarde, y el señor y la señorita Murdstone aprobaban que los jóvenes se acostaran temprano, quizás fuera mejor que me fuera a la cama.
La besé y subí con mi vela inmediatamente, antes de que entraran. A mi imaginación infantil le pareció, mientras subía al dormitorio donde había estado encerrado, que traían a la casa una ráfaga de aire frío que se llevó el viejo y familiar sentimiento como si fuera una pluma.
Me sentía incómodo ante la idea de bajar a desayunar por la mañana, ya que no había vuelto a ver al señor Murdstone desde el día en que cometí mi memorable ofensa. Sin embargo, como tenía que hacerlo, bajé —después de dar media vuelta dos o tres veces a mitad de camino y de correr otras tantas de puntillas a mi habitación— y me presenté en el salón.
Él estaba de pie ante el fuego dándole la espalda, mientras la señorita Murdstone hacía el té. Me miró fijamente al entrar, pero no dio la menor señal de reconocimiento. Me acerqué a él, tras un momento de confusión, y le dije:
«Le pido perdón, señor. Siento mucho lo que hice y espero que me perdone».
—Me alegra saber que lo sientes, David —respondió él.
La mano que me tendió era la mano que yo había mordido. No pude evitar que mi mirada se detuviera por un instante en una mancha roja que tenía; pero no estaba tan roja como me puse yo al encontrarme con aquella expresión siniestra en su rostro.