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nydus/David CopperfieldPublic
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XXXVIII. Una disolución de sociedad

Cuando hube fijado a estos desgraciados en mi mente, descubrí que habían expulsado a cualquier otra cosa de ella; luego, empezando de nuevo, los olvidaba; mientras los iba recogiendo, dejaba caer los otros fragmentos del sistema; en suma, era casi desgarrador.

Podría haber sido bastante desgarrador, de no ser por Dora, que era el puntal y el ancla de mi barca azotada por la tempestad. Cada obstáculo en el plan era un roble nudoso en el bosque de la dificultad, y yo seguía talándolos, uno tras otro, con tanta fuerza que en tres o cuatro meses me vi en condiciones de hacer una prueba con uno de nuestros oradores estrella de los Comunes.

¿Podré olvidar jamás cómo el orador estrella se apartó de mí antes de que empezara, dejando que mi lápiz imbécil tambaleara sobre el papel como si le hubiera dado un ataque!

Esto no servía, estaba bien claro. Volaba demasiado alto y así jamás saldría adelante.

Recurrí a Traddles en busca de consejo; él sugirió que me dictaría discursos a un ritmo, y con paradas ocasionales, adaptados a mi debilidad.

Muy agradecido por esta ayuda amistosa, acepté la propuesta; y noche tras noche, casi todas las noches, durante mucho tiempo, tuvimos una especie de Parlamento Privado en Buckingham Street, después de que volviera a casa de lo del Doctor.

¡Me gustaría ver un Parlamento así en cualquier otra parte! Mi tía y el señor Dick representaban al Gobierno o a la Oposición (según fuera el caso), y Traddles, con la ayuda de los discursos de Enfield o de un volumen de oratoria parlamentaria, les lanzaba invectivas asombrosas.

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