—¡Ay!, supongo que no hay remedio —dijo Steerforth—. Casi he olvidado que hay algo que hacer en el mundo que no sea salir a dar botes por este mar. Ojalá no lo hubiera.
—Mientras dure la novedad —dije riendo.
—Es muy probable —respondió—; aunque hay un sentido sarcástico en esa observación para una criatura tan amable e inocente como mi joven amigo. ¡Bueno! Me atrevo a decir que soy un tipo caprichoso, David. Sé que lo soy; pero mientras el hierro está caliente, también sé golpearlo con fuerza. Creo que ya podría aprobar con bastante éxito un examen como piloto en estas aguas.
—El señor Peggotty dice que eres un prodigio —contesté.
—¿Un fenómeno náutico, eh? —se rio Steerforth.
“Así es, y bien sabes con cuánta verdad lo digo; sé cuán ardiente eres en cualquier empeño que emprendes, y con qué facilidad puedes dominarlo. Y eso es lo que más me admira de ti, Steerforth: que te conformes con