—Como el señor Micawber está ahora en vísperas de sacudirse las cadenas pecuniarias que tanto tiempo lo han tenido subyugado —dijo la señora Micawber—, y de iniciar una nueva carrera en un país donde haya suficiente margen para sus aptitudes —lo cual, en mi opinión, es sumamente importante, ya que las aptitudes del señor Micawber requieren particularmente espacio—, me parece que mi familia debería conmemorar la ocasión dando un paso al frente. Lo que desearía ver sería un encuentro entre el señor Micawber y mi familia en un banquete festivo, que correría a cargo de los gastos de mi familia; donde, al proponerse la salud y la prosperidad del señor Micawber por parte de algún miembro prominente de mi familia, el señor Micawber tuviera la oportunidad de exponer sus puntos de vista.
—Querida —dijo el señor Micawber, con cierta acritud—, tal vez sea mejor que declare claramente, de una vez por todas, que si expusiera mis puntos de vista a ese grupo reunido, posiblemente se considerarían de naturaleza ofensiva; ya que mi impresión es que tu familia es, en conjunto, un hatajo de snobs impertinentes y, en detalle, unos rufianes redomados.
—Micawber —dijo la señora Micawber, sacudiendo la cabeza—, ¡no! Tú nunca los has entendido a ellos, y ellos nunca te han entendido a ti.
El señor Micawber tosió.
—Nunca te han comprendido, Micawber —dijo su esposa—. Puede que sean incapaces de ello. Si es así, esa es su desgracia. Puedo compadecer su desgracia.
—Siento muchísimo, querida Emma —dijo el señor Micawber, ablandándose—, haberme dejado arrastrar a pronunciar expresiones que