Tenía muchísimo trabajo por hacer y muchas preocupaciones, pero esas mismas consideraciones me hicieron guardármelas para mí.
Estoy muy lejos de estar seguro, ahora, de que fuera correcto hacer esto, pero lo hice por el bien de mi esposa-niña. Rebusco en mi pecho y confío sus secretos, si los conozco, sin reserva alguna a este papel.
La vieja e infeliz pérdida o carencia de algo ocupaba, lo reconozco, cierto lugar en mi corazón; pero sin llegar a amargar mi vida. Cuando caminaba a solas con buen tiempo y pensaba en los días de verano en que todo el aire se había llenado de mi encanto juvenil, sí echaba de menos algo de la materialización de mis sueños; pero pensaba que se trataba de la gloria suavizada del pasado, que nada habría podido proyectar sobre el tiempo presente.
Sentía, a veces, por un breve momento, que habría deseado que mi esposa hubiera sido mi consejera; que hubiera tenido más carácter y determinación, para sostenerme y mejorarme; que hubiera estado dotada de la fuerza necesaria para llenar el vacío que parecía rodearme por alguna parte; pero sentía como si esto fuera una culminación sobrenatural de mi felicidad, que nunca se había pretendido que fuera, y que nunca podría haber sido.
Yo era un marido aniñado en cuanto a los años. No había conocido la influencia suavizante de otras penas o experiencias que las consignadas en estas páginas.
Si cometí algún error, como bien pude cometer muchos, lo hice por un amor equivocado y por mi falta de sensatez. Escribo la absoluta verdad. De nada me serviría atenuarla ahora.