qué. Ambas están escritas de buena fe, no me cabe duda, y sin ninguna colusión. ¡Pobre mujer! —ahora se refería a la carta de la señora Micawber, y estábamos de pie, uno al lado del otro, comparando ambas—; será una obra de caridad escribirle, en todo caso, y decirle que no dejaremos de ver al señor Micawber.
Accedí a esto con tanta mayor prontitud, cuanto que ahora me reprochaba haber tomado su carta anterior un tanto a la ligera. Me había dado mucho que pensar en su momento, como he mencionado en su lugar; pero mi absorción en mis propios asuntos, mi experiencia con la familia y el no volver a saber nada, habían terminado por hacer que dejara el tema de lado poco a poco. A menudo había pensado en los Micawber, pero sobre todo para preguntarme qué «obligaciones pecuniarias» estarían contrayendo en Canterbury, y para recordar lo esquivo que había sido el señor Micawber conmigo cuando entró de empleado con Uriah Heep.