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nydus/David CopperfieldPublic
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XIII. La continuación de mi resolución

—Pues bien —replicó mi tía, ablandada por la respuesta—, ¿cómo puedes fingir que estás en las musarañas, Dick, cuando tienes la agudeza del bisturí de un cirujano? Pues bien, aquí tienes al joven David Copperfield, y la pregunta que te hago es: ¿qué debo hacer con él?

—¿Qué va a hacer usted con él? —dijo el señor Dick débilmente, rascándose la cabeza—. ¡Oh!, ¿qué hacer con él?

—Sí —dijo mi tía, con aire grave y levantando el dedo índice—; ¡ven! Necesito un consejo muy sensato.

—Vaya, si yo fuera usted —dijo el señor Dick, pensativo y mirándome vagamente—, yo... —La contemplación de mí pareció inspirarle una idea repentina, y añadió con presteza—: ¡Lo lavaría!

—Janet —dijo mi tía, volviéndose con un triunfo silencioso que entonces no comprendía—, el señor Dick nos pone a todos en orden. ¡Calienta el baño!

Aunque estaba profundamente interesado en este diálogo, no pude evitar observar a mi tía, al señor Dick y a Janet mientras este transcurría, y completar un examen que ya había estado haciendo de la habitación.

Mi tía era una señora alta y de rasgos duros, pero que ni mucho menos podía considerarse fea. Había una inflexibilidad en su rostro, en su voz, en su andar y en su porte, más que suficiente para explicar el efecto que había causado en una criatura apacible como mi madre; pero sus facciones eran más bien hermosas, aunque rígidas y austeras. Noté en particular que tenía una mirada muy viva y brillante. Su cabello, que era gris, estaba ordenado en dos partes lisas bajo lo que creo que se llamaría una cofia de empleada; quiero decir una cofia,

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