Así que la señora Gummidge lo hizo; y, siento relatarlo, echó un jarro de agua fría sobre el carácter festivo de nuestra partida, rompiendo inmediatamente a llorar y cayendo abatida en los brazos de Ham, con la declaración de que sabía que era una carga y que más valía que la llevaran al Asilo de inmediato. Lo cual la verdad me pareció una idea sensata, que Ham podría haber puesto en práctica.
Allí fuimos, sin embargo, en nuestra excursión de vacaciones; y lo primero que hicimos fue parar en una iglesia, donde el señor Barkis ató el caballo a unas rejas y entró con Peggotty, dejando a la pequeña Em'ly y a mí solos en el pescante.
Aproveché la ocasión para pasar el brazo por la cintura de Em'ly y proponerle que, como yo me iba a marchar muy pronto, decidiéramos ser muy cariñosos el uno con el otro y muy felices durante todo el día.
Como la pequeña Em'ly consintió y me dejó besarla, perdí la cabeza; le comuniqué, según recuerdo, que jamás podría amar a otra y que estaba dispuesto a derramar la sangre de cualquiera que aspirara a su amor.
¡Qué alegre se ponía la pequeña Em’ly a costa de aquello! Con qué afectado aire de ser inmensamente mayor y más sabia que yo, la mujercita de cuento de hadas dijo que yo era «un muchacho tonto»; y luego rió con tal encanto que olvidé el dolor de ser llamado por tan despectivo apelativo ante el placer de contemplarla.
El Sr. Barkis y Peggotty estuvieron un buen rato en la iglesia, pero salieron al fin, y entonces nos fuimos en carruaje hacia el campo. Mientras íbamos en camino, el Sr. Barkis se volvió hacia mí y me dijo, con un guiño —a propósito, antes apenas habría creído que fuera capaz de guiñar un ojo—:
—¿Qué nombre fue el que apunté en el carro?