«¡Pacífica! ¡Que lo es!», dijo Uriah. «¡Mucho! Ahora confiese, maestro Copperfield, que no le he caído del todo bien como usted a mí. Todo este tiempo me ha encontrado demasiado humilde, ¿a que no me equivoco?».
—No me agradan las declaraciones de humildad —repliqué—, ni las declaraciones de ninguna otra cosa.
“¡Ya está!” dijo Uriah, con aspecto fofo y ceniciento a la luz de la luna. “¡No lo sabía yo! Pero ¡qué poco piensa usted en la legítima umildad de una persona de mi condición, amo Copperfield! Mi padre y yo nos criamos en una fundación escolar para muchachos; y mi madre, ella también se crió en un establecimiento público, de tipo benéfico. Nos enseñaron un montón de umildad —no mucho más que yo sepa— desde la mañana hasta la noche. Teníamos que ser umildes con este, e umildes con aquel; y quitarnos la gorra aquí, y hacer reverencias allá; y conocer siempre nuestro lugar, y abasarnos ante nuestros superiores. ¡Y teníamos tantos superiores! Mi padre consiguió la medalla de monitor por ser umilde. Yo también. A mi padre lo hicieron sacristán por ser umilde. Tenía fama entre la gente fina de ser un hombre tan bien educado que estaban empeñados en enchufarlo. ‘Sé umilde, Uriah’, me decía mi padre, ‘y saldrás adelante’. Era lo que nos retumbaba siempre en la cabeza a usted y a mí en la escuela; es lo que mejor traga la gente. ‘Sé umilde’, decía mi padre, ‘¡y te irá bien!’. Y, a decir verdad, ¡no me ha ido nada mal!”.
Era la primera vez que se me ocurría que esta detestable monserga de falsa humildad pudiera haber tenido su origen en la familia Heep. Había visto la cosecha, pero nunca había pensado en la semilla.
—Cuando yo era muy niño —dijo Uriah—, llegué a saber lo que hacía la ’umildad, y la adopté. Me comí el pastel de ’umildad con apetito. Me detuve en el punto ’umilde de mi aprendizaje, y me dije: «¡Alto