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nydus/David CopperfieldPublic
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XXXV. Depresión

Depresión

En cuanto pude recuperar la presencia de ánimo, que me abandonó por completo ante el abrumador impacto de la noticia de mi tía, le propuse al señor Dick que fuéramos a la tienda de ultramarinos y tomáramos posesión de la cama que el señor Peggotty acababa de dejar libre.

Como la tienda de ultramarinos estaba en el mercado de Hungerford, y el mercado de Hungerford era un lugar muy distinto por entonces, había una columnata de madera baja ante la puerta (muy parecida a la que estaba frente a la casa donde solían vivir el hombrecito y la mujercita del viejo barómetro), lo cual complació enormemente al señor Dick. La gloria de hospedarse sobre esta estructura le habría compensado, me atrevo a decir, de muchos inconvenientes; pero, como en realidad eran pocos los que debía soportar, aparte de la mezcla de olores que ya he mencionado y tal vez la falta de un poco más de espacio, estaba encantado con su alojamiento.

La señora Crupp le había asegurado indignado que allí no cabía un alfiler; pero, como el señor Dick me observó con razón, sentándose a los pies de la cama y abrazándose la pierna: «Sabe, Trotwood, yo no tengo ganas de torear a nadie. Jamás toreo a nadie. Por lo tanto, ¿qué más da!».

Intenté averiguar si el señor Dick comprendía algo de las causas de este repentino y gran cambio en los asuntos de mi tía. Como cabía esperar, no comprendía absolutamente nada. La única explicación que pudo darme fue que mi tía le había dicho anteayer: «Verás, Dick, ¿eres real y verdaderamente el filósofo que creo

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