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nydus/David CopperfieldPublic
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XIII. La continuación de mi resolución

trayecto, y no he dormido en una cama desde que comencé el viaje”. Aquí mi entereza se vino abajo de golpe; y con un ademán de mis manos, destinado a mostrarle mi estado de indigencia y a invocarlo como testimonio de que había sufrido lo mío, rompí en un llanto apasionado, que supongo había estado reprimido en mi interior durante toda la semana.

Mi tía, con toda clase de expresiones borradas de su rostro salvo el asombro, se sentó sobre la gravilla, mirándome fijamente, hasta que empecé a llorar; momento en el que se levantó a toda prisa, me agarró del cuello y me llevó al salón.

Su primer procedimiento allí fue abrir un armario alto, sacar varias botellas y verter un poco del contenido de cada una en mi boca. Creo que debieron de ser sacadas al azar, pues estoy seguro de que probé agua de anís, salsa de anchoas y aderezo para ensalada.

Cuando me hubo administrado estos restauradores, como seguía muy histérico y era incapaz de controlar mis sollozos, me acostó en el sofá, con un chal bajo la cabeza y el pañuelo de su propia cabeza bajo mis pies, para no manchar la funda; y luego, sentándose detrás del abanico o biombo verde que ya he mencionado, de modo que no podía ver su rostro, exclamaba de vez en cuando: «¡Dios nos ampare!», soltando esas exclamaciones como salvas de artillería.

Al cabo de un rato tocó la campanilla.

—Janet —dijo mi tía cuando entró la criada—. Sube, preséntale mis respetos al señor Dick y dile que deseo hablar con él.

Janet pareció un poco sorprendida al verme tendido en el sofá con rigidez (temía moverme no fuera a disgustar a mi tía), pero continuó con su recado. Mi tía, con las manos a la espalda, se paseó de un lado a otro de la habitación hasta que entró, riendo, el caballero que me había mirado de soslayo desde la ventana de arriba.

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