sufro! ¡Soy demasiado malvada para hablar de mí misma! Oh, consuélate pensando que soy tan mala. ¡Oh, por piedad, dile al tío que nunca lo amé ni la mitad de lo que lo amo ahora! Oh, no recuerdes cuán afectuosos y buenos han sido todos conmigo; no recuerdes que íbamos a casarnos; antes bien, intenta pensar que morí cuando era pequeña y que me enterraron en alguna parte. ¡Ruega al Cielo del que me aparto para que se apiade de mi tío! Dile que nunca lo amé ni la mitad de lo que lo amo. Sé su consuelo. Ama a alguna buena muchacha que sea para el tío lo que yo fui una vez, y que te sea fiel, y sea digna de ti, y no conozca otra deshonra que la mía. ¡Dios bendiga a todos! Rezaré por todos, a menudo, de rodillas. Si él no me trae de vuelta convertida en una dama, y si ni siquiera rezo por mí misma, rezaré por todos. ¡Mi amor de despedida para el tío! ¡Mis últimas lágrimas y mis últimas gracias para el tío!
Eso fue todo.
Se quedó de pie, mucho después de que yo hubiera dejado de leer, mirándome todavía. Al fin me atreví a tomarle la mano y a suplicarle, tan bien como pude, que procurara dominarse un poco. Él respondió: «¡Gracias, señor, muchas gracias!», sin moverse.
Ham le habló. El señor Peggotty era tan consciente de su aflicción que le apretó la mano; pero, por lo demás, permaneció en el mismo estado, y nadie se atrevió a molestarlo.
Lentamente, al fin, apartó los ojos de mi rostro, como si despertara de una visión, y los paseó por la habitación. Luego dijo, en voz baja:
“¿Quién es el hombre? Quiero saber su nombre”.