usted. Todo agradecimiento y bendiciones. Adiós, por siempre jamás”.
Esta, manchada de lágrimas, era la carta.
—¿Le puedo decir que como usted no le ve ningún mal, y que como tendrá la bondad de hacerse cargo de ello, amo Davy? —dijo el señor Peggotty, cuando hube terminado de leerla.
—Sin duda —dije—, pero estoy pensando...
—¿Sí, amo Davy?
—Estoy pensando —dije— en que volveré a bajar a Yarmouth. Hay tiempo de sobra para ir y volver antes de que zarpe el barco.
Mi mente no deja de pensar en él, en su soledad; poner esta carta escrita por ella en sus manos en este momento, y permitirle a usted decirle, en el momento de la despedida, que la ha recibido, será una bondad para ambos.
Acepté solemnemente su encargo, querido y buen amigo, y no puedo cumplirlo con demasiada perfección. El viaje no significa nada para mí. Estoy inquieto, y estaré mejor en movimiento. Me iré esta noche.
Aunque se esforzó con ansiedad por disuadirme, vi que era de mi opinión; y esto, de haber necesitado que se confirmara mi propósito, habría tenido ese efecto.
A petición mía, fue a la oficina de diligencias y me reservó el asiento del pescante en el coche postal. Por la tarde partí en ese medio de transporte por el camino que había recorrido bajo tantas vicisitudes.
—¿No cree usted —le pregunté al cochero, en la primera etapa fuera de Londres— que el cielo es de lo más notable? No recuerdo haber visto otro igual.