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nydus/David CopperfieldPublic
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LVIII

había llegado a tal o cual lugar, no había tenido la fortaleza ni la constancia de escribir una carta desde que salí de casa.

El paquete estaba en mi mano. Lo abrí y leí la letra de Agnes.

Era feliz y útil, y prosperaba como había esperado. Eso fue todo lo que me contó de sí misma. El resto se refería a mí.

Ella no me dio ningún consejo; no me impuso ningún deber; solo me expresó, a su modo fervoroso, cuál era su confianza en mí.

Sabía (según dijo) cómo una naturaleza como la mía sabría transformar la aflicción en bien. Sabía cómo la prueba y la emoción habrían de enaltecerla y fortalecerla. Estaba segura de que en cada uno de mis propósitos adquiriría una inclinación más firme y elevada, a través del dolor que había sufrido.

Ella, que tanto se enorgullecía de mi fama y tanto anhelaba su acrecentamiento, sabía bien que yo seguiría laborando. Sabía que en mí la pena no podía ser debilidad, sino que había de convertirse en fuerza. Del mismo modo que la resistencia de mis días infantiles había hecho su parte para convertirme en lo que era, así calamidades mayores me impulsarían con más fuerza a ser aún mejor de lo que era; y así, tal como ellos me habían enseñado, enseñaría yo a los demás.

Me encomendó a Dios, que se había llevado a mi inocente criatura a Su descanso; y en su afecto de hermana me abrigó siempre, y estuvo siempre a mi lado, fuera donde fuese; orgullosa de lo que había hecho, pero infinitamente más orgullosa aún de lo que estaba destinado a hacer.

Me guardé la carta en el pecho, ¡y pensé en lo que había sido una hora antes! Cuando oí que las voces se apagaban, y vi oscurecerse la tranquila nube vespertina, y desvanecerse todos los colores del valle, y la nieve dorada de las cumbres convertirse en una parte lejana del pálido cielo

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