que, por resbaladizo que fuera el señor Micawber, probablemente debía el hecho de que nunca me hubiera pedido dinero a algún recuerdo compasivo que conservaba de mí como su joven huésped. Ciertamente no habría tenido el valor moral para negárselo; y no me cabe duda de que él sabía eso (todo sea dicho en su honor), tan bien como yo.
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