Volvió a equilibrar el bastón y a blandirlo; y, tras terminar con esos preparativos, lo dejó a su lado con una mirada expresiva y retomó su libro.
Esto sirvió para despejar un poco mi presencia de ánimo, para empezar. Sentía que las palabras de mis lecciones se me escapaban, no una a una, ni línea por línea, sino por página entera; trataba de aferrarme a ellas; pero parecía, si me permiten expresarlo así, que se habían puesto patines y se alejaban de mí deslizándose con una suavidad imposible de detener.
Empezamos mal y seguimos peor. Yo había entrado con la idea de distinguirme un poco, creyendo que iba muy bien preparado; pero resultó ser una equivocación total.
Libro tras libro se iba añadiendo al montón de los fracasos, mientras la señorita Murdstone nos vigilaba severamente todo el tiempo. Y cuando por fin llegamos a los cinco quesos (bastones los hizo aquel día, lo recuerdo), mi madre rompió a llorar.
—¡Clara! —dijo la señorita Murdstone con su voz de advertencia.
—No me siento del todo bien, querida Jane, me parece —dijo mi madre.
Le vi guiñar un ojo, solemnemente, a su hermana, mientras se levantaba y decía, tomando el bastón:
—Vaya, Jane, difícilmente podemos esperar que Clara soporte, con perfecta firmeza, la preocupación y el tormento que David le ha ocasionado hoy. Eso sería de estoicos. Clara se ha fortalecido y mejorado mucho, pero difícilmente podemos esperar tanto de ella. David, tú y yo iremos arriba, muchacho.
Al sacarme por la puerta, mi madre corrió hacia nosotros. La señorita Murdstone dijo: «¡Clara! ¿Eres completa e irremediablemente tonta?» y