En el silencio que siguió, mi tía se acercó con solemnidad al señor Dick, sin darse prisa en absoluto, y le dio un abrazo y un beso sonoro. Y fue muy afortunado, en bien de su reputación, que lo hiciera así; pues estoy seguro de que lo pillé en ese mismo instante haciendo los preparativos para pararse sobre una sola pierna, como expresión adecuada de júbilo.
—¡Eres un hombre muy notable, Dick! —dijo mi tía, con un aire de absoluta aprobación—; ¡y no pretendas ser otra cosa, porque yo lo sé muy bien!
Con esto, mi tía lo tiró de la manga y me hizo un gesto con la cabeza; y los tres salimos sigilosamente de la habitación y nos fuimos.
—Eso es un golpe definitivo para nuestro amigo militar, de cualquier modo —dijo mi tía de camino a casa—. ¡Dormiría mejor por eso, si no hubiera otra cosa de la que alegrarse!
—Temo que se sintió abrumada por completo —dijo el señor Dick con gran compasión.
—¡Cómo! ¿Has visto alguna vez a un cocodrilo vencido? —inquirió mi tía.
—Creo que jamás he visto un cocodrilo —respondió el señor Dick con suavidad.
“Jamás habría pasado nada de no haber sido por esa vieja Bestia”, dijo mi tía, con gran énfasis. “Es muy de desear que algunas madres dejaran en paz a sus hijas después del casamiento, y no fueran tan violentamente afectuosas. Parecen creer que el único agradecimiento que se les puede