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nydus/David CopperfieldPublic
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XLVIII

para sonarse la nariz en el extremo mismo de un pequeño pañuelo que nunca terminaba de sacar del bolsillo, sino que siempre racionaba y ocultaba.

Este desventurado botones, contratado en mal hora por seis libras y diez al año, fue para mí una fuente de continuos problemas. Le observaba mientras crecía —y crecía como las judías escarlata— con la dolorosa aprehensión del momento en que empezaría a afeitarse; incluso de los días en que fuera calvo o canoso. No veía perspectiva alguna de librarme jamás de él; y, proyectándome hacia el futuro, solía pensar en la molestia que sería cuando fuera un viejo.

Nunca esperé otra cosa que este modo que tuvo aquel infeliz de sacarme de apuros.

Robó el reloj de Dora que, como todo lo demás que nos pertenecía, no tenía un lugar fijo; y, convirtiéndolo en dinero, se gastó el producto (siempre fue un muchacho falto de luces) en viajar sin cesar de ida y vuelta entre Londres y Uxbridge en la imperial del coche de caballos.

Lo llevaron a Bow Street, según recuerdo, al término de su décimo quinto viaje, momento en el que le hallaron encima cuatro chelines y seis peniques, y un pífano de segunda mano que no sabía tocar.

La sorpresa y sus consecuencias habrían sido mucho menos desagradables para mí si él no se hubiera arrepentido. Pero estaba muy arrepentido de verdad, y de un modo peculiar; no de golpe, sino a plazos. Por ejemplo: el día después de aquel en que me vi obligado a declarar en su contra, hizo ciertas revelaciones acerca de una cesta en la bodega, que creíamos llena de vino, pero que no tenía nada dentro salvo botellas y corchos. Supusimos que ya se había desahogado y contado lo peor que sabía de la cocinera; pero, uno o dos días después, su conciencia sufrió un nuevo pinchazo y reveló que ella tenía una niña que, todas las mañanas temprano, se llevaba nuestro pan; y también cómo él mismo había sido

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