Aquí Dora sacudió la cabeza, y unas lágrimas brillaron en sus ojos como diamantes.
—Solo están abiertas de las dos valvas —dije yo—. Quita la de arriba, amor mío.
“¡Pero no sale!”, dijo Dora, esforzándose mucho y con una expresión de gran angustia.
—¿Sabe, Copperfield —dijo Traddles, examinando el plato con alegría—, creo que es a consecuencia... son unas ostras magníficas, pero creo que es a consecuencia... de que nunca las han abierto?
Nunca se habían abierto; y no teníamos cuchillos para ostras—ni habríamos sabido usarlos en caso de tenerlos—; así que miramos las ostras y nos comimos el cordero.
Al menos, nos comimos la parte que estaba hecha, y lo suplimos con alcaparras. Si se lo hubiera permitido, estoy convencido de que Traddles se habría comportado como un auténtico salvaje y se habría comido un plato de carne cruda para expresar lo mucho que disfrutaba del banquete; pero yo no iba a alcahuetear semejante inmolación en el altar de la amistad, y en su lugar tomamos un plato de Beicon; pues, por fortuna, había beicon frío en la despensa.
Mi pobre mujercita estaba tan afligida cuando creyó que yo iba a enfadarme, y en un estado de tanta alegría al ver que no era así, que el disgusto que yo había reprimido no tardó en desvanecerse, y pasamos una velada feliz; Dora se sentó con el brazo apoyado en mi sillón mientras Traddles y yo tomábamos una copa de vino, y aprovechaba cualquier oportunidad para susurrarme al oído que era muy bueno por mi parte no ser un viejo cruel y cascarrabias. Al poco rato nos preparó el té; y era tan bonito verla hacerlo, como si estuviera atareada con un juego de té de muñecas, que la calidad de la