gran esfuerzo en la rada, intentando con muchas dificultades mantenerse alejados de la costa. > ¡Dios se apiade de ellos, y de todos los pobres marineros —dijo—, si tuviéramos otra noche como la
Me hallaba muy abatido de espíritu, muy solitario; y sentía una inquietud por la ausencia de Ham, desproporcionada para la ocasión.
Me encontraba seriamente afectado, sin saber hasta qué punto, por los últimos acontecimientos; y mi larga exposición al viento feroz me había confundido.
Había tal barullo en mis pensamientos y recuerdos, que había perdido la clara disposición del tiempo y la distancia.
Así, de haber salido a la ciudad, no me habría sorprendido, creo, tropezar con alguien que sabía que en ese momento debía de estar en Londres. Por decirlo así, había a este respecto una curiosa desatención en mi mente.
Sin embargo, también bullía con todos los recuerdos que el lugar despertaba de manera natural; y estos eran particularmente nítidos y vívidos.
En este estado, la lúgubre noticia del camarero sobre los barcos se conectó de inmediato, sin ningún esfuerzo de mi voluntad, con mi inquietud por Ham. Estaba convencido de que tenía el presentimiento de que regresaría de Lowestoft por mar y se perdería. Esto se hizo tan fuerte en mí, que decidí volver al astillero antes de almorzar y preguntarle al constructor de barcos si creía probable que intentara regresar por mar.