aquel aficionado dotado que es el señor Wilkins Micawber, Junior), se propusieron los acostumbrados brindis leales y patrióticos, que fueron acogidos con entusiasmo. El doctor Mell, en un discurso rebosante de sentimiento, propuso entonces: "Nuestro ilustre invitado, el orgullo de nuestro pueblo. ¡Ojalá no nos abandone nunca a menos que sea para mejorar su suerte, y ojalá su éxito entre nosotros sea tal que le resulte imposible mejorarla!". > Los vítores con que se acogió el brindis desafían toda descripción. Una y otra vez subían y bajaban como las olas del océano. Por fin se hizo el silencio, y el señor Wilkins Micawber se presentó para dar las gracias. ¡Lejos de nosotros, dado el estado comparativamente imperfecto de los recursos de nuestra imprenta, el intento de seguir a nuestro ilustre vecino a través de los fluidos períodos de su pulido y abigarrado discurso! Baste observar que fue una obra maestra de la elocuencia, y que aquellos pasajes en los que rastreó con mayor detalle los orígenes de su propia y exitosa trayectoria, advirtiendo a la parte más joven de su auditorio sobre los escollos de contraer obligaciones pecuniarias que no pudieran liquidar, arrancaron una lágrima al ojo más viril de los presentes. > Los brindis restantes fueron para el doctor Mell; la señora Micawber (quien agradeció con una graciosa reverencia desde la puerta lateral, donde una galaxia de belleza se elevaba sobre sillas para presenciar y a la vez adornar tan grato acontecimiento); la señora Ridger Begs (antes señorita Micawber); la señora Mell; el señor Wilkins Micawber, Junior (que convulsionó al auditorio al señalar con humor que se veía incapaz de agradecer el gesto con un discurso, pero que lo haría,
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