mi pelo, nada más— parecía borracho.
Alguien me dijo: «¡Vamos al teatro, Copperfield!».
No había ningún dormitorio ante mí, sino de nuevo la mesa tintineante cubierta de vasos; la lámpara; Grainger a mi derecha, Markham a mi izquierda y Steerforth enfrente—todos sentados en medio de una neblina y muy lejos.
¿El teatro? Claro que sí. Justo lo que faltaba. ¡Venga!
Pero tendrían que disculparme si primero dejaba salir a todo el mundo y apagaba la lámpara, por si acaso hubiera un incendio.
Debido a cierta confusión en la oscuridad, la puerta había desaparecido. La estaba buscando entre las cortinas de la ventana, cuando Steerforth, riendo, me tomó del brazo y me sacó.
Bajamos las escaleras, uno detrás de otro. Cerca del final, alguien se cayó y rodó escaleras abajo. Alguien más dijo que era Copperfield. Yo estaba enojado por ese falso rumor, hasta que, al verme de espaldas en el pasillo, empecé a pensar que podía haber algo de cierto en ello.