a un lado cuando nos despedíamos; pero nunca la había visto afligirse así. Me dio tanta pena que solo pude decir, de un modo necio e indefenso: «¡Te ruego que no, Agnes! ¡No, querida hermana!».
Pero Agnes era muy superior a mí en carácter y propósito, como sé bien ahora, cualquiera que fuese lo que entonces supiera o dejara de saber, para necesitar por mucho tiempo de mis súplicas. Aquellos modales hermosos y serenos, que la hacen tan diferente en mi recuerdo de todos los demás, volvieron a manifestarse, como si una nube se hubiera alejado de un cielo sereno.
—Es improbable que sigamos solos mucho más tiempo —dijo Agnes—, y mientras tenga oportunidad, déjame suplicarte encarecidamente, Trotwood, que seas amable con Uriah. No lo rechaces. No resientas (como creo que tienes la disposición general a hacer) lo que pueda resultar desagradable de él para ti. Puede que no lo merezca, pues no sabemos nada malo con certeza de él. En cualquier caso, ¡piensa primero en papá y en mí!