¿Palabra de honor?”, dijo el doctor, lo cual siempre constituía para nosotros los muchachos una muy solemne apelación al honor.
—¡Palabra de honor, caballero! —repliqué, respondiendo a la antigua usanza de nuestra escuela.
—Que sea así, pues —dijo el doctor, dándome una palmada en el hombro y conservando todavía la mano allí, mientras seguíamos paseando de un lado para otro.
“Y seré veinte veces más feliz, señor —dije, con un pequeño y —espero— inocente halago—, si mi empleo ha de ser en el Diccionario”.
El Doctor se detuvo, me volvió a dar una palmada en el hombro con una sonrisa y exclamó, con un triunfo dignísimo de verse, como si yo hubiera penetrado en las más hondas profundidades de la sagacidad mortal: —¡Mi querido joven, le has atinado! ¡Es el Diccionario!
¡Cómo iba a ser de otra manera! Sus bolsillos estaban tan llenos de ello como su cabeza. Le sobresalía por todas partes. Me contó que, desde su retirada de la vida académica, había estado avanzando maravillosamente con ello; y que nada podía convenirle mejor que los arreglos propuestos para el trabajo de mañana y tarde, ya que era su costumbre pasearse durante el día con su gorro de meditación. Sus papeles estaban un poco revueltos debido a que el Sr. Jack Maldon le había ofrecido recientemente sus servicios ocasionales como amanuense y no estaba acostumbrado a esa ocupación; pero pronto pondríamos remedio a lo que estuviera mal y marcharíamos a pedir de boca. Más tarde, cuando nos pusimos manos a la obra de verdad, los esfuerzos del Sr. Jack Maldon me resultaron más molestos de lo que esperaba, ya que no se había limitado a cometer numerosos errores, sino