me armé con ello una pequeña imagen de mi terrible tía apiadándose de la belleza juvenil que recordaba tan bien y amaba tanto, lo cual ablandaba todo el relato. Es muy posible que hubiera estado en mi mente durante mucho tiempo y que hubiera engendrado gradualmente mi determinación.
Como ni siquiera sabía dónde vivía la señorita Betsey, le escribí una larga carta a Peggotty y le pregunté, como quien no quiere la cosa, si lo recordaba; fingiendo que había oído hablar de una señora así que vivía en cierto lugar que mencioné al azar, y que tenía curiosidad por saber si era la misma.
En el transcurso de esa carta, le conté a Peggotty que necesitaba urgentemente medio soberano de oro; y que si podía prestarme esa cantidad hasta que pudiera devolvérsela, se lo agradecería muchísimo y le diría después para qué lo había querido.
La respuesta de Peggotty no tardó en llegar y estaba, como de costumbre, llena de afectuoso cariño. Adjuntaba la media guinea (temí que le hubiera costado un mundo sacarla de la caja del señor Barkis) y me decía que la tía Betsey vivía cerca de Dover, aunque no sabía precisar si en la misma Dover, en Hythe, Sandgate o Folkestone. Sin embargo, como uno de nuestros hombres me informó, a raíz de mis preguntas sobre estos lugares, en que todos estaban muy cerca unos de otros, consideré que esto bastaba para mi propósito y decidí ponerme en marcha al final de esa semana.
Siendo una criatura muy honesta, y no queriendo empañar el recuerdo que iba a dejar tras de mí en Murdstone y Grinby’s, me consideré obligado a permanecer hasta el sábado por la noche; y, como se me había pagado una semana de salario por adelantado cuando entré por primera vez allí, a no presentarme en el despacho a la hora de costumbre para recibir mi estipendio.