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nydus/David CopperfieldPublic
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XII. Como la vida por mi propia cuenta no me gusta más, tomo una gran resolución

me armé con ello una pequeña imagen de mi terrible tía apiadándose de la belleza juvenil que recordaba tan bien y amaba tanto, lo cual ablandaba todo el relato. Es muy posible que hubiera estado en mi mente durante mucho tiempo y que hubiera engendrado gradualmente mi determinación.

Como ni siquiera sabía dónde vivía la señorita Betsey, le escribí una larga carta a Peggotty y le pregunté, como quien no quiere la cosa, si lo recordaba; fingiendo que había oído hablar de una señora así que vivía en cierto lugar que mencioné al azar, y que tenía curiosidad por saber si era la misma.

En el transcurso de esa carta, le conté a Peggotty que necesitaba urgentemente medio soberano de oro; y que si podía prestarme esa cantidad hasta que pudiera devolvérsela, se lo agradecería muchísimo y le diría después para qué lo había querido.

La respuesta de Peggotty no tardó en llegar y estaba, como de costumbre, llena de afectuoso cariño. Adjuntaba la media guinea (temí que le hubiera costado un mundo sacarla de la caja del señor Barkis) y me decía que la tía Betsey vivía cerca de Dover, aunque no sabía precisar si en la misma Dover, en Hythe, Sandgate o Folkestone. Sin embargo, como uno de nuestros hombres me informó, a raíz de mis preguntas sobre estos lugares, en que todos estaban muy cerca unos de otros, consideré que esto bastaba para mi propósito y decidí ponerme en marcha al final de esa semana.

Siendo una criatura muy honesta, y no queriendo empañar el recuerdo que iba a dejar tras de mí en Murdstone y Grinby’s, me consideré obligado a permanecer hasta el sábado por la noche; y, como se me había pagado una semana de salario por adelantado cuando entré por primera vez allí, a no presentarme en el despacho a la hora de costumbre para recibir mi estipendio.

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