—¡Ah! —replicó, meneando la cabeza y con un aspecto muy abatido.
«No es bueno. Es una triste historia, señor, por más que haya llegado a enterarse. Nunca creí que hubiera maldad en la muchacha. No querría mencionarlo delante de mi hija Minnie —pues me reñiría de inmediato—, pero jamás lo creí. Ninguno de nosotros lo creyó jamás».
Mr. Omer, que oyó los pasos de su hija antes de que yo los oyera, me tocó con la pipa y cerró un ojo a modo de advertencia. Ella y su marido entraron inmediatamente después.
Su informe fue que el señor Barkis estaba «tan mal como se puede estar»; que estaba completamente inconsciente, y que el señor Chillip había dicho con tristeza en la cocina, al marcharse hace un momento, que el Real Colegio de Médicos, el Real Colegio de Cirujanos y el Colegio de boticarios [Apothecaries’ Hall], si los llamaban a todos juntos, no podrían ayudarlo. Estaba más allá de ambos Colegios, había dicho el señor Chillip, y el Colegio de Boticarios solo podría envenenarlo.
Al oír esto, y al saber que el señor Peggotty estaba allí, decidí ir a la casa de inmediato. Me despedí del señor Omer, y del señor y la señora Joram; y encaminé mis pasos hacia allá, con un sentimiento solemne que convertía al señor Barkis en una criatura nueva y diferente.
Mi suave llamada a la puerta fue respondida por el señor Peggotty. No se mostró tan sorprendido de verme como yo había esperado.
Noté esto también en Peggotty cuando bajó; y lo he visto desde entonces; y creo que, ante la expectativa de esa terrible sorpresa, todos los demás cambios y sorpresas se reducen a la nada.
Estreché la mano del señor Peggotty y pasé a la cocina, mientras él cerraba suavemente la puerta. La pequeña Emily estaba sentada junto al fuego, con las manos delante del rostro. Ham estaba de pie cerca de ella.