ruso. El príncipe Alfabeto patas arriba, lo llamo yo, porque su nombre tiene todas las letras, revueltas y patitiesas.
—El príncipe ruso es cliente tuyo, ¿no? —dijo Steerforth.
—Te creo, vida mía —respondió la señorita Mowcher—. Le arreglo las uñas. ¡Dos veces por semana! Las de las manos y las de los pies.
—Espero que pague bien —dijo Steerforth.
—Paga tal como habla, querida niña: por las barbas —respondió la señorita Mowcher—. De tacaño no tiene un pelo el príncipe. Eso dirías si le vieras los bigotes. Rojos por naturaleza, negros por arte.
—Por tu arte, desde luego —dijo Steerforth.
Miss Mowcher guiñó un ojo en señal de asentimiento. > “Obligada a mandar por mí. No pudo evitarlo. El clima afectó a su tinte; funcionó muy bien en Rusia, pero