—¿Irte de soldado, quieres decir? —replicó mi tía, alarmada—, ¿o hacerte marinero? No quiero ni oír hablar de ello. Has de ser procurador. No vamos a permitir golpes en la cabeza en esta familia, si me hace el favor, caballero.
Iba a explicar que no estaba deseoso de introducir ese modo de provisión en la familia, cuando Agnes preguntó si mis habitaciones estaban alquiladas por mucho tiempo.
—Vas al grano, querida —dijo mi tía—. No hay forma de deshacerse de ellos, al menos por seis meses, a menos que se pudiera subarrendar, y eso no me lo creo. El último hombre murió aquí. Cinco de cada seis personas se morirían —por supuesto— de esa mujer de mahón con enagua de franela. Tengo algo de dinero en efectivo; y coincido contigo en que lo mejor que podemos hacer es agotar el plazo aquí y conseguir un dormitorio cerca.
Creí que era mi deber insinuar la incomodidad que mi tía soportaría al vivir en un estado continuo de guerra de guerrillas con la señora Crupp; pero ella desestimó esa objeción de inmediato declarando que, ante la primera demostración de hostilidades, estaba preparada para dejar estupefacta a la señora Crupp durante el resto de su vida natural.
—He estado pensando, Trotwood —dijo Agnes, con timidez—, en que si tuvieras tiempo...
—Tengo muchísimo tiempo, Agnes. Siempre estoy libre después de las cuatro o las cinco, y tengo tiempo temprano por la mañana. De un modo u otro —dije, consciente de enrojecer un poco al pensar en las horas y horas que había dedicado a corretear por la ciudad y de un lado a otro por Norwood Road—, tengo tiempo de sobra.
—Sé que no te importarían —dijo Agnes, acercándose y hablando en voz baja, tan llena de dulce y esperanzadora consideración que la oigo ahora mismo—, las obligaciones de secretario.