pensado, desde entonces, que el que asumiera ese carácter era consecuencia necesaria de la firmeza del señor Murdstone, la cual no le permitía eximir a nadie del peso máximo de las penas más severas para las que pudiera hallar cualquier excusa. Sea como fuere, recuerdo muy bien los rostros formidables con los que solíamos ir a la iglesia, y el aire cambiado del lugar.
De nuevo llega el temido domingo, y entro el primero en el viejo banco, como un cautivo vigilado que es conducido a un servicio de condenados.
De nuevo la señorita Murdstone, con un vestido de terciopelo negro que parece hecho con un paño mortuorio, me sigue de cerca; luego mi madre; después su esposo.
Ya no está Peggotty, como en los viejos tiempos.
De nuevo, escucho a la señorita Murdstone mascullar las respuestas y recalcar todas las palabras temibles con un deleite cruel. De nuevo, la veo poner los ojos en blanco por toda la iglesia cuando dice «miserables pecadores», como si estuviera insultando a toda la congregación. De nuevo, alcanzo a ver fugazmente a mi madre, moviendo los labios con timidez entre ambos, mientras uno de ellos le murmura a cada oído como un trueno sordo. De nuevo, me pregunto con un súbito temor si cabrá la posibilidad de que nuestro buen y viejo clérigo esté equivocado, y el señor y la señorita Murdstone en lo cierto, y de que todos los ángeles del cielo sean ángeles exterminadores. De nuevo, si muevo un dedo o relajo un músculo de la cara, la señorita Murdstone me da un codazo con su libro de oraciones y hace