Me quedé allí, me atrevo a decir, dos horas. En una ocasión abrí la puerta del patio y miré hacia la calle desierta. La arena, las algas y los copos de espuma volaban arrastrados por el viento; y tuve que pedir ayuda antes de poder cerrar la puerta de nuevo y asegurarla contra la tormenta.
Había una sombría penumbra en mi solitaria habitación cuando al fin regresé a ella; pero ahora estaba cansado y, volviéndome a meter en la cama, caí —desde una torre y por un precipicio— en las profundidades del sueño. Tengo la impresión de que durante mucho tiempo, aunque soñaba que estaba en otra parte y en una variedad de escenarios, siempre estuvo soplando el viento en mi sueño. Al fin perdí ese débil asidero a la realidad y me vi envuelto con dos queridos amigos —aunque no sé quiénes eran— en el asedio de alguna ciudad, entre el estruendo del cañoneo.
El trueno del cañón era tan fuerte e incesante, que no podía oír algo que deseaba mucho oír, hasta que hice un gran esfuerzo y desperté. Era pleno día —las ocho o las nueve en punto—; la tormenta arreciaba, en lugar de las baterías; y alguien llamaba a mi puerta y gritaba.