vayas, y no volveré a bajar hasta que regreses; y le llevarás a Agnes una carta en la que la regañaré muchísimo, porque nunca ha venido a vernos!
Convinimos, sin más deliberación, en que iríamos los dos, y en que Dora era una pequeña impostora que fingía estar un tanto indispuesta porque le gustaba que la mimaran.
Estaba muy contenta y muy alegre; y los cuatro, es decir, mi tía, el señor Dick, Traddles y yo, fuimos a Canterbury en el coche correo de Dover aquella misma noche.
En el hotel donde el señor Micawber nos había pedido que lo aguardáramos, al cual logramos entrar, no sin cierta dificultad, en mitad de la noche, hallé una carta que anunciaba que se presentaría por la mañana puntualmente a las nueve y media. Tras lo cual, tiritando a esa hora intempestiva, nos encaminamos a nuestras respectivas camas a través de varios pasillos estrechos que olían como