superior, cuya forma había alterado. Concluí para mis adentros que rondaría los treinta años y que deseaba casarse. Estaba un poco ruinosa —como una casa— por haber estado tanto tiempo en alquiler; aun así, como he dicho, conservaba una apariencia de buen parecer. Su delgadez parecía ser el efecto de algún fuego devorador en su interior, que hallaba vía de escape en sus ojos demacrados.
Me la presentaron como la señorita Dartle, y tanto Steerforth como su madre la llamaban Rosa. Descubrí que vivía allí y que desde hacía mucho tiempo era la compañera de la señora Steerforth.
Me pareció que nunca decía directamente nada de lo que quería decir, sino que lo sugería y le daba mucha más importancia con esta práctica. Por ejemplo, cuando la señora Steerforth comentó, más en broma que en serio, que temía que su hijo llevara una vida bastante desenfrenada en la universidad, la señorita Dartle intervino así:
“¿Ah, de veras? Ya sabes lo ignorante que soy, y que solo pido información, pero ¿no es siempre así? ¿No se entendía por lo general que esa clase de vida era... eh?”
—Es educación para una profesión muy seria, si te refieres a eso, Rosa —contestó la señora Steerforth con cierta frialdad.
—¡Oh! ¡Sí! Es muy cierto —replicó la señorita Dartle—. Pero ¿no es así, sin embargo?—Quiero que me corrijan, si estoy equivocada—, ¿no es así, de verdad?
—¿En realidad el qué? —dijo la señora Steerforth.
—¡Oh! ¿De veras que no lo es? —replicó la señorita Dartle—. ¡Vaya, me alegra mucho oírlo! ¡Ahora ya sé qué hacer! Ésa es la ventaja de preguntar. ¡Jamás volveré a permitir que la gente hable en mi presencia sobre despilfarro, disipación y cosas por el estilo, en relación con esa vida!