I gave him a halfpenny for himself, and I wish he hadn’t taken it.
Tendríamos, creo, media hora para el té.
Cuando tenía dinero suficiente, solía comprarme un medio pinta de café preparado y una rebanada de pan con mantequilla. Cuando no tenía ninguno, solía mirar un escaparate de carne de venado en Fleet Street; o a veces he vagado, en ocasiones así, hasta el Covent Garden Market, y me he quedado embobado mirando las piñas.
Me gustaba deambular por el Adelphi, porque era un lugar misterioso, con aquellos oscuros arcos. Me veo a mí mismo saliendo una tarde de algunos de esos arcos, hacia una pequeña taberna junto al río, con un espacio abierto enfrente donde unos descargadores de carbón estaban bailando; para verlos me senté en un banco.
¡Me pregunto qué pensarían de mí!
Era yo tan niño, y tan pequeño, que a menudo, cuando entraba en el bar de un mesón desconocido a pedir un vaso de cerveza clara o oscura para pasar lo que había comido, les daba miedo servírmelo. Recuerdo que una tarde calurosa entré en el bar de un mesón y le dije al tabernero: «¿A cómo se vende su mejor —su muy mejor— vaso de cerveza?». Porque era una ocasión especial. No sé cuál. Puede que fuera mi cumpleaños.
—Dos peniques y medio —dice el mesonero— es el precio de la Auténtica y Asombrosa cerveza ale.
—Entonces —digo, sacando el dinero—, sírvame un vaso del Genuino Extraordinario, por favor, bien espumoso.
El dueño del bar me devolvió la mirada por encima de la barra, de pies a cabeza, con una extraña sonrisa en el rostro; y en vez de servir la cerveza, miró detrás del biombo y le dijo algo a su mujer. Ella salió de detrás con su labor en la mano y se unió a él para examinarme.