caderas. Tenía la barbilla alzada sobre el hombro del cochero, tan cerca de mí que su aliento me hacía cosquillas en la nuca; y, mientras lo miraba, le lanzó una mirada socarrona a los caballos delanteros con el ojo con el que no era birria, de un modo de lo más astuto.
—¿A que sí? —preguntó William.
—¿Que no soy qué? —dijo el caballero de atrás.
¿Así que crio esos caballos Suffolk Punch al por mayor?
—Ya lo creo —dijo el caballero—. No hay clase de caballo que yo no haya criado, ni clase de perro. Los caballos y los perros son la debilidad de algunos hombres. Para mí son la comida y la bebida; el alojamiento, la mujer y los hijos; la lectura, la escritura y la aritmética; el rapé, el tabaco y el sueño.