ahí!». Cuando usted se ofreció a enseñarme latín, supe lo que hacía. «A la gente le gusta estar por encima de ti —decía mi padre—, mantente abajo». Sigo siendo muy ’umilde hasta el día de hoy, amo Copperfield, ¡pero he conseguido un poco de poder!
Y dijo todo esto —lo supe al ver su rostro a la luz de la luna— para que yo comprendiera que estaba decidido a resarcirse haciendo uso de su poder. Nunca había dudado de su bajeza, de su astucia y de su malicia; pero comprendí a la perfección por primera vez qué espíritu tan vil, implacable y vengativo debió de haber engendrado esta temprana y prolongada represión.
Su relato de sí mismo tuvo al fin un resultado agradable, ya que lo llevó a retirar la mano para volverse a dar otro abrazo bajo la barbilla.
Una vez apartado de él, estaba decidido a mantenerme alejado; y caminamos de regreso, uno al lado del otro, diciendo muy poco más por el camino.
Si sus ánimos se habían elevado por la confidencia que le había hecho, o por haberse entregado a esa retrospectiva, no lo sé; pero estaban exaltados por alguna influencia. Habló más durante la cena de lo que le era habitual; le preguntó a su madre (fuera de servicio desde el momento en que volvimos a entrar en la casa) si no se estaba poniendo demasiado viejo para soltero; y en una ocasión miró a Agnes de tal manera que habría dado todo lo que tenía a cambio de permiso para derribarlo de un golpe.
Cuando los tres varones nos quedamos solos después de cenar, él adoptó un tono más audaz. Había tomado poco o nada de vino; y supongo que era la pura insolencia del triunfo lo que se había apoderado de él, enardecido tal vez por la tentación que mi presencia le ofrecía para exhibirlo.