poco a poco y llegamos, a su debido tiempo, a la posada del barrio de Whitechapel a la que nos dirigíamos. Olvido si era el Toro Azul o el Jabalí Azul; pero sé que era el Azul No-sé-qué, y que su efigie estaba pintada en la parte trasera del carruaje.
La mirada del guarda se posó en mí mientras bajaba, y dijo junto a la puerta de la ventanilla:
“¿Hay alguien por aquí para un muchachito con reserva a nombre de Murdstone, de Bloonderstone, Sooffolk, para dejar hasta que lo reclamen?”
Nadie respondió.
—Pruebe con Copperfield, si le parece, señor —dije, mirando indefenso hacia abajo.
—¿Hay alguien aquí para un muchacho, registrado a nombre de Murdstone, de Bloonderstone, Sooffolk, pero que responde al apellido de Copperfield, para ser dejado hasta que lo reclamen? —dijo el guarda—. ¡Vamos! ¿Hay alguien?