—Sí —dije yo.
—¡Dios mío! —exclamó el señor Chillip—. Pero sin duda usted ha cambiado bastante desde entonces, ¿verdad, señor?
—Probablemente —dije.
—Bien, señor —observó el señor Chillip—, espero que me disculpe si me veo en la necesidad de pedirle el favor de su nombre.
Al decirle mi nombre, se conmovió de veras. Me estrechó la mano con fuerza, lo cual era un proceder muy violento en él, ya que su costumbre habitual era deslizar una manita fría y lacia, adelantada una o dos pulgadas respecto a su cadera, y manifestar el mayor desasosiego cuando alguien la asía. Incluso ahora, se metió la mano en el bolsillo del abrigo tan pronto pudo soltar la mía, y pareció aliviado en cuanto la hubo puesto a buen recaudo.