He pensado a menudo desde entonces qué boda tan extraña, inocente y apartada del mundo debió de ser. Subimos de nuevo al coche de caballos poco después de anochecer y regresamos muy acurrucados, mirando las estrellas y hablando de ellas.
Yo era su principal intérprete y ensanché la mente del señor Barkis hasta un punto asombroso. Le conté todo lo que sabía, pero él habría creído cualquier cosa que se me hubiera ocurrido transmitirle, pues sentía una profunda veneración por mis capacidades y le confesó a su esposa, en mi presencia, en esa misma ocasión, que yo era «un joven Roeshus»—con lo que creo que quería decir prodigio.
Cuando hubimos agotado el tema de las estrellas, o más bien cuando yo hube agotado las facultades mentales del señor Barkis, la pequeña Em’ly y yo hicimos una capa con un viejo batín y nos sentamos bajo ella durante el resto del viaje.
¡Ah, cómo la amaba!
¡Qué felicidad (pensaba) si nos casáramos y nos fuéramos a vivir a cualquier parte entre los árboles y en los campos, sin envejecer jamás, sin hacernos nunca más sensatos, siempre niños, deambulando de la mano bajo el sol y entre prados floridos, apoyando la cabeza en el musgo por la noche, en un dulce sueño de pureza y paz, ¡y enterrados por los pájaros cuando estuviéramos muertos!
Alguna imagen semejante, sin rastro del mundo real, brillante con la luz de nuestra inocencia y vaga como las estrellas lejanas, estuvo en mi mente durante todo el trayecto.
Me alegra pensar que en la boda de Peggotty hubo dos corazones tan ingenuos como el de la pequeña Em’ly y el mío. Me alegra pensar que los Amores y las Gracias adoptaron formas tan vaporosas en aquella sencilla comitiva.