Peggotty se había apresurado a ocupar la silla junto al fuego. Em’ly, con los brazos alrededor del cuello de ella, se arrodilló a su lado, mirándola con la mayor intensidad a la cara.
“¡Oh, te lo ruego, tía, intenta ayudarme!
¡Ham, querido, intenta ayudarme!
¡Señor David, por el bien de los viejos tiempos, haz el favor, intenta ayudarme!
Quiero ser una chica mejor de lo que soy. Quiero sentirme cien veces más agradecida de lo que me siento. Quiero sentir más qué cosa tan bendita es ser la esposa de un hombre bueno y llevar una vida pacífica.
¡Ay de mí, ay de mí! ¡Oh, mi corazón, mi corazón!”
Escondió el rostro en el pecho de mi vieja niñera y, deteniendo aquella súplica que, en su agonía y su dolor, era mitad de mujer y mitad de niña, como lo era todo su modo de ser (resultando en esto más natural, y más acorde con su belleza, según creía yo, de lo que cualquier otro modo de ser hubiera podido serlo), lloró en silencio, mientras mi vieja niñera la arrullaba como a una criatura.
Se fue calmando poco a poco, y luego la consolamos; hablándole unas veces con ánimo y otras bromeando un poco con ella, hasta que empezó a levantar la cabeza y a hablarnos. Así fuimos avanzando, hasta que pudo sonreír, y luego reír, y después sentarse, medio avergonzada; mientras Peggotty le recolocaba los rizos desordenados, le secaba los ojos y la volvía a arreglar, no fuera a ser que su tío se preguntara, al llegar a casa, por qué su niña había estado llorando.
La vi hacer, aquella noche, lo que nunca le había visto hacer antes. La vi besar inocentemente en la mejilla a su esposo elegido, y acurrucarse junto a su corpulenta figura como si fuera su mejor apoyo.