“¡La lucha ha terminado!”, dijo el señor Micawber gesticulando violentamente con su pañuelo, y lanzando manotazos de vez en cuando con ambos brazos, como si estuviera nadando en medio de dificultades sobrehumanas.
“No llevaré más esta vida. Soy un ser desgraciado, apartado de todo lo que hace que la vida sea tolerable. He estado bajo un sortilegio en el servicio de ese maldito bellaco. Devuélvanme a mi esposa, devuélvanme a mi familia, sustituyan a Micawber por el miserable insignificante que anda con las botas que tengo puestas en este momento, y pídanme que me trague una espada mañana, y lo haré. ¡Con apetito!”
Jamás en la vida he visto a un hombre tan alterado. Intenté calmarlo para que pudiéramos llegar a algo razonable; pero se ponía cada vez más furioso y no quería escuchar ni una palabra.
“No le daré la mano a ningún hombre —dijo el señor Micawber, jadeando, resoplando y sollozando hasta el punto de parecer un hombre que lucha contra el agua fría—, hasta que haya... reducido a fragmentos... al... detestable... serpiente... ¡Heep! No aceptaré la hospitalidad de nadie, hasta que haya... hecho... entrar en erupción al monte Vesubio... sobre... el... abandonado granuja... de... ¡Heep! Los refrigerios... bajo... este techo... especialmente el ponche... me... ahogarían... a menos que... previamente... le hubiera arrancado los ojos... de la cabeza... al... insaciable embustero y mentiroso... ¡Heep! Yo... no... querré saber nada de nadie... y... no diré nada... y... no viviré en ninguna parte... hasta que haya machacado... hasta... reducirlos a átomos imperceptibles... al... trascendente e inmortal hipócrita y perjuro... ¡Heep!”
Temí de veras que el señor Micawber se muriera en el acto. La manera en que luchaba por pronunciar aquellas frases inarticuladas y, cada vez que se encontraba cerca del nombre de Heep, se