Partimos temprano por la mañana, pues teníamos un caso de Salvamento pendiente en el Tribunal del Almirantazgo, que requería un conocimiento bastante preciso de toda la ciencia de la navegación, en el cual (como no podía esperarse que nosotros supiéramos mucho de esos asuntos en Doctors' Commons) el juez les había rogado a dos ancianos maestros de la Trinity House, por amor de Dios, que vinieran a sacarle las castañas del fuego.
Dora estaba en la mesa del desayuno para preparar el té de nuevo, sin embargo; y tuve el melancólico placer de quitarme el sombrero ante ella desde el faetón, mientras estaba de pie en el umbral con Jip en los brazos.
Lo que el Almirantazgo significaba para mí aquel día; las tonterías que hice con nuestro caso en mi imaginación mientras lo escuchaba; cómo vi a Dora grabada en la hoja del remo de plata que colocaban sobre la mesa como emblema de aquella alta jurisdicción; y lo que sentí cuando el señor Spenlow se fue a casa sin mí (había abrigado la esperanza insensata de que me llevara de vuelta), como si yo mismo fuera un marinero y el barco al que pertenecía hubiera zarpado y me hubiera dejado en una isla desierta; no haré el inútil esfuerzo de describirlo.
Si aquel tribunal viejuno y somnoliento pudiera despertar y presentar de alguna forma visible los devaneos que he tenido en él acerca de Dora, revelaría mi verdad.
No me refiero a los sueños que soñé ese día a solas, sino día tras día, de semana en semana y de trimestre en trimestre. Iba allí, no para atender a lo que estaba pasando, sino para pensar en Dora. Si alguna vez le concedí un pensamiento a los casos, mientras desfilaban perezosamente ante mí, era solo para preguntarme, en los