jugado tanto con ella, y de haber fingido que éramos turcos, y franceses, y tiburones, y toda clase de extranjeros —¡vaya que sí; y leones y ballenas, y no sé cuánto más!— cuando ella no era más alta que mi rodilla. Me he acostumbrado a ello, ya sabe. Vaya, ¡esta vela de aquí, ahora! —dijo el señor Peggotty, extendiendo alegremente la mano hacia ella—. Sé muy bien que, después de que se haya casado y se haya ido, pondré esa vela ahí, exactamente igual que ahora. Sé muy bien que, cuando esté aquí por las noches (¡y dónde iba a vivir si no, benditos sean sus corazones, por mucha fortuna que llegue a tener!) y ella no esté aquí o yo no esté allí, pondré la vela en la ventana y me sentaré ante el fuego, fingiendo que la estoy esperando, tal como lo estoy haciendo ahora. ¡Menudo tonto estás hecho! —dijo el señor Peggotty, con otra carcajada—, ¡en forma de puercoespín de mar! Vaya, en este mismo instante, cuando veo brillar la vela, me digo a mí mismo: «¡La está mirando! ¡Em'ly viene de camino!». ¡Menudo tonto estás hecho, en forma de puercoespín de mar! Pero a pesar de todo —dijo el señor Peggotty, deteniendo su carcajada y dando una palmada contra la otra—, ¡si aquí la tenemos!
Era solo Ham. La noche debió haberse vuelto más húmeda desde que entré, pues llevaba puesto un gran sombrero de ala ancha marinero, ladeado sobre el rostro.
—¿Dónde está Em’ly? —dijo el señor Peggotty.
Ham hizo un movimiento con la cabeza, como si ella estuviera afuera. El señor Peggotty retiró la luz de la ventana, la arregló, la puso sobre la mesa y se puso a remover el fuego activamente, cuando Ham, que no se había movido, dijo:
—Mas’r Davy, ¿quieres salir un minuto y ver lo que Em’ly y yo tenemos para enseñarte?