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nydus/David CopperfieldPublic
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VIII. Me descuidad, y se provee para mí

correcta; pero volveré a pensarlo, hablaré con mi hermano de ello y, entretanto, nos lo guardaremos para nosotros, Davy, tú y yo. > —Barkis es un buen hombre, sencillo —dijo Peggotty—, y si me esforzara por cumplir con mi deber hacia él, creo que sería culpa mía si no fuera... si no fuera bastante feliz —dijo Peggotty, riendo de buena gana. Esta cita del señor Barkis era tan apropiada y nos hizo tanta gracia a ambos, que reímos una y otra vez, y llegamos de muy buen humor a la vista de la casita del señor

Parecía exactamente igual, excepto quizá por haberse encogido un poco ante mis ojos; y la señora Gummidge esperaba en la puerta como si hubiera estado allí plantada desde entonces.

Todo lo de dentro seguía igual, hasta el alga marina en la taza azul de mi dormitorio.

Entré en el cobertizo para echar un vistazo; y las mismísimas langostas, cangrejos y cangrejos de río, poseídos por el mismo deseo de pellizcar al mundo en general, parecían encontrarse en el mismo estado de conglomeración en el viejo rincón de siempre.

Pero no se veía a la pequeña Em’ly por ninguna parte, así que le pregunté al señor Peggotty dónde estaba.

—Está en la escuela, señor —dijo el señor Peggotty, secándose de la frente el sudor consiguiente al transporte del baúl de Peggotty—; estará en casa —mirando el reloj de pared holandés—, de aquí a veinte minutos o media hora. ¡Todos nosotros sentimos su ausencia, Dios la bendiga!

La señora Gummidge soltó un gemido.

—¡Ánimo, Mawther! —gritó el señor Peggotty.

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