cálida debido a que el tiempo era bochornoso para la época del año—, volvió atrás, miró hacia dentro y entró exclamando en voz alta: «¡Copperfield! ¿Es posible?».
¡Era el señor Micawber! ¡Era el señor Micawber, con su monóculo, y su bastón, y su cuello de camisa, y su aire distinguido, y el balanceo condescendiente de su voz, todo al completo!
—Mi querido Copperfield —dijo el señor Micawber, extendiendo la mano—, esta es en verdad una reunión calculada para impresionar la mente con un sentido de la inestabilidad y la incertidumbre de todo lo humano... en suma, es una reunión de lo más extraordinaria. Caminando por la calle, reflexionando sobre la probabilidad de que surja algo (respecto de lo cual soy por el momento bastante optimista), me encuentro con que surge un joven pero estimado amigo, que está vinculado con el periodo más trascendental de mi vida; podría decir, con el punto de inflexión de mi existencia. Copperfield, querido amigo, ¿cómo está?
No puedo decir —en realidad no puedo decir— que me alegrara ver allí al señor Micawber; pero también me alegré de verlo y le estreché la mano con cordialidad, preguntándole cómo estaba la señora Micawber.
“Gracias —dijo el señor Micawber, agitando la mano como antaño y acomodándose la barbilla en el cuello de la camisa—. Se encuentra bastante mejorada. Los gemelos ya no extraen su sustento de las fuentes de la Naturaleza; en resumen —dijo el señor Micawber en uno de sus arranques de confianza—, ya están destetados, y la señora Micawber es, por el momento, mi compañera de viaje. Se alegrará mucho, Copperfield, de renovar su conocimiento con quien ha demostrado ser en todos los aspectos un digno ministro en el sagrado altar de la amistad”.
Le contesté que estaría encantado de verla.
—Eres muy bueno —dijo el señor Micawber.