mar—, y la mantuvo oculta, y persuadió a los vecinos que tenía —que no eran muchos por allí cerca— para que también la mantuvieran oculta”.
Em’ly le dio calentura, y lo que se me hace muy extraño —quizá no sea tan extraño para los cultos— es que se le fue de la cabeza el idioma de aquel país y solo podía hablar el suyo, que nadie entendía. Recuerda, como si lo hubiera soñado, que se pasaba el tiempo hablando en su lengua, creyendo siempre que el viejo bote estaba al otro lado de la siguiente punta de la bahía, y suplicándoles e implorándoles que mandaran a alguien ahí a decir cómo se estaba muriendo, y que trajeran de vuelta un mensaje de perdón, aunque no fuera más que una palabra.
Casi todo el tiempo pensaba —ora, que aquel de quien hice mención hace un momento estaba acechando debajo de la ventana; ora, que aquel que la había traído a esto estaba en el cuarto— y le suplicaba a la buena mujer joven que no la entregara, y sabía, al mismo tiempo, que no podía entenderla, y temía que se la tuvieran que llevar. Asimismo el fuego estaba ante sus ojos, y los rugidos en sus oídos; y no había hoy, ni ayer, ni tampoco mañana; sino que todo en su vida que alguna vez había sido, o que alguna vez podría ser, y todo lo que nunca había sido, y lo que nunca podría ser, se le agolpaba de golpe, y nada era claro ni bienvenido, ¡y sin embargo cantaba y se reía de ello!
Cuánto tiempo duró esto, no lo sé; pero entonces vino un sueño; y en ese sueño, de ser mucho más fuerte que su propio ser, cayó en la debilidad del niño más pequeño.
Aquí se detuvo, como en busca de alivio ante los terrores de su propia descripción.
Tras guardar silencio unos momentos, continuó su relato.
«Era una tarde apacible cuando despertó; y tan silenciosa, que no se oía más que el rumor de aquel mar azul sin mareas al romper contra la