embargo, me dio tantas oportunidades de conocer mejor a Steerforth y de admirarlo más en mil aspectos, que al final de la misma me parecía haber estado con él durante mucho más tiempo.
Ese apuesto modo que tenía de tratarme como a un juguete me resultaba más agradable que cualquier otra actitud que hubiera podido adoptar.
Me recordaba a nuestra antigua amistad; parecía su secuela natural; me demostraba que seguía siendo el mismo; me liberaba de cualquier inquietud que hubiera podido sentir al comparar mis méritos con los suyos y medir mis exigencias de su afecto con un rasero de igualdad; sobre todo, era un trato familiar, desinhibido y cariñoso que no dispensaba a nadie más.
Como en el colegio me había tratado de manera distinta a todos los demás, creí con alegría que en la vida me trataba como a ningún otro amigo suyo. Creía que estaba más cerca de su corazón que cualquier otro amigo, y mi propio corazón se encendía de afecto hacia él.
Se resolvió a ir conmigo al campo, y llegó el día de nuestra partida. Al principio había dudado sobre si llevar a Littimer o no, pero decidió dejarlo en casa. La respetable criatura, satisfecha con su suerte fuere cual fuese, acomodó nuestras maletas en el carricoche que iba a llevarnos a Londres como si estuvieran destinadas a desafiar las sacudidas de los siglos, y recibió mi modesta propina ofrecida con perfecta tranquilidad.
Nos despedimos de la señora Steerforth y de la señorita Dartle, con muchos agradecimientos por mi parte y mucha bondad por parte de la devota madre. Lo último que vi fue la mirada imperturbable de Littimer; cargada, según creí advertir, con la silenciosa convicción de que yo era verdaderamente muy joven.
Lo que sentí, al regresar tan auspiciosamente a los viejos y conocidos lugares, no intentaré describirlo.