Nuestra limpieza
Era una extraña situación de cosas, habiendo terminado la luna de miel y marchado las damas de honor a sus casas, cuando me encontré sentado en mi propia y pequeña casa con Dora; completamente desprovisto de ocupación, por decirlo así, respecto a la deliciosa y antigua tarea de hacer el amor.
Me parecía una cosa tan extraordinaria tener a Dora siempre allí. Era tan incomprensible no tener la obligación de salir a verla, no tener motivo alguno para atormentarme por ella, no tener que escribirle, ni andar maquinando e ideando oportunidades para estar a solas con ella.
A veces, por la tarde, cuando levantaba la vista de mis escritos y la veía sentada enfrente, me recostaba en el sillón y pensaba en lo curioso que era que estuviéramos allí, a solas el uno con el otro como algo natural —sin importarle ya a nadie—, todo el romanticismo de nuestro compromiso guardado en un estante, oxidándose—, sin tener que complacer más que al otro—, el uno al otro para complacer, de por vida.
Cuando había un debate, y me retenían hasta muy tarde, me parecía tan extraño, mientras iba caminando a casa, ¡pensar que Dora estaba en casa!
Era algo maravilloso, al principio, verla bajar silenciosamente a hablar conmigo mientras yo comía. ¡Era algo prodigioso saber con certeza que se ponía papeles en el pelo! ¡Era, en conjunto, un acontecimiento tan asombroso verla hacerlo!