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nydus/David CopperfieldPublic
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LXIV

debilitado (aunque todavía brillan); pero su áspero dedo índice, que en un tiempo asocié con un rallador de nuez moscada de bolsillo, sigue siendo exactamente el mismo, y cuando veo a mi hijo menor aferrarse a él mientras tambalea de mi tía a ella, pienso en nuestra pequeña salita de estar en casa, cuando apenas podía caminar. La vieja desilusión de mi tía está remediada, ahora. Es madrina de una verdadera y viviente Betsey Trotwood; y Dora (la siguiente en el orden) dice que la malcría.

Hay algo abultado en el bolsillo de Peggotty. No es otra cosa que el libro del cocodrilo, que a estas alturas está en un estado bastante ruinoso, con varias hojas rotas y cosidas, pero que Peggotty exhibe ante los niños como una reliquia preciosa.

Me resulta muy curioso ver mi propia cara de infante, mirándome desde los cuentos del cocodrilo, y que ello me recuerde a mi viejo conocido Brooks de Sheffield.

Entre mis muchachos, en este tiempo de vacaciones de verano, veo a un viejo que hace cometas gigantes y las contempla en el aire con un deleite para el que no hay palabras. Me saluda con arrebato y me susurra, con muchos asentimientos y guiños: —¡Trotwood, te alegrará saber que terminaré el Memorial cuando no tenga otra cosa que hacer, y que tu tía es la mujer más extraordinaria del mundo, señor!

¿Quién es esta señora encorvada, que se apoya en un bastón y me muestra un rostro en el que quedan algunos vestigios de antiguo orgullo y belleza, que luchan débilmente con un vagar de la mente querulante, imbecil y enfadado?

Está en un jardín; y cerca de ella se halla una mujer astuta, morena y marchita, con una cicatriz blanca en el labio. Déjenme oír lo que dicen.

“Rosa, he olvidado el nombre de este caballero”.

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