Dora no me permitió, durante mucho rato, quitarle el pañuelo. Se quedó sentada sollozando y murmurando detrás de él que, si yo estaba inquieto, ¿para qué me había casado?
¿Por qué no le había dicho, incluso el día antes de ir a la iglesia, que sabía que iba a estar inquieto y que prefería no hacerlo?
Si no la soportaba, ¿por qué no la mandaba con sus tías a Putney, o con Julia Mills a la India? A Julia le alegraría verla y no la llamaría paje transportado; Julia jamás la había llamado nada por el estilo.
En suma, Dora estaba tan afligida, y me afligía tanto al hallarse en ese estado, que sentí que de nada servía repetir este tipo de esfuerzo, por muy suave que fuera, y que debía tomar otro camino.
¿Qué otro camino quedaba por tomar? ¿«Formar su espíritu»? Era esta una frase hecha de sonido hermoso y prometedor, y resolví formar el espíritu de Dora.
Comencé inmediatamente. Cuando Dora era muy infantil, y yo habría preferido infinitamente complacerla, intenté ponerme serio, y la desconcerté, y me desconcerté a mí mismo también. Le hablé de los temas que ocupaban mis pensamientos; y le leí a Shakespeare, y la fatigué hasta el extremo. Me acostumbré a darle, como quien no quiere la cosa, pequeños trozos de información útil o de opinión sensata, y ella se apartaba de ellos cuando los soltaba, como si hubieran sido petardos. Por más casual o naturalmente que me esforzara por moldear la mente de mi pequeña esposa, no podía evitar ver que ella siempre tenía una percepción instintiva de lo que estaba tramando, y caía presa de los más agudos temores.